Estos días he leído muchas y diversas opiniones acerca de la situación depresiva (?) del Barça y del resurgimiento (?) del Madrid. También he comprobado que tras ensalzar a Gudjohnsen por sus goles en Vigo y Bilbao, ahora se ha convertido poco menos que en Romerito. He visto que hace un mes las rotaciones de Rijkaard eran la panacea del fútbol y hoy, pocos días después, son el mayor pecado cometido por el entrenador holandés. Fabio Capello ha pasado de aburrir a las ovejas y dirigir una banda de solteros y casados a ser un maestro de la estrategia secundado por los mejores
jugadores que jamás han vestido la camiseta del Real Madrid. Articulistas que hace meses tenían una opinión han cambiado de punto de vista y, seguramente, volverán a hacerlo cuando las tornas se giren (que se girarán).

Así que voy a romper por una vez la línea del blog para no hablar de fútbol y hacerlo del Boss, de Bruce Springsteen. Asistí el martes al concierto que ofreció en el Palau Sant Jordi y salí realmente impresionado. Hacía muchos años que quería ir a uno de sus recitales en Barcelona, que no han sido pocos en los últimos tiempos, pero el de anteayer fue el primero. Y disfruté como nunca con un repertorio distinto al habitual, donde el Jefe tocó un buen número de estilos, desde el blues al country, pasando por el folk, la música tradicional irlandesa, una curiosa mezcla de reagge y calypso y un par de magníficas revisiones de temas como The River.
Quedan muy lejos los tiempos en que asistir a un concierto era más o menos asequible, pero creo que los 69 euros de la entrada acaban siendo una minucia si tenemos en cuenta el modo en que Springsteen hizo disfrutar a 18.000 personas durante dos horas y media. Espero que vuelva pronto aunque, conociendo su querencia por esta ciudad, no creo que haya que insistirle demasiado.